"Segundo de Bachillerato es lo peor que le pasa a un estudiante". Esta afirmación es mía. La dije con 17 años, inmerso en Segundo de Bachillerato, y la mantengo. Sí, es una exageración, qué duda cabe, pero no es una exageración falsa. No es lo peor que le puede pasar. El bullying, la muerte de un progenitor o un hermano, un accidente o la contracción de una enfermedad crónica son sin duda alguna dramas mucho peores. Pero todas estas cosas no tienen por qué pasarle a un estudiante. Pueden ocurrirle a cualquiera, pero no todos los estudiantes pasarán por estas experiencias traumáticas sí o sí. Segundo de Bachillerato, y su culmen, Selectividad, le pasan a todos los estudiantes que quieran acceder a estudios universitarios. Es lo peor que le pasa a un estudiante. Segundo de Bachillerato, tal y como dije cuando lo cursaba, es antipedagógico, antieducativo y antinatural. El estrés permanente por la omnipresencia de Selectividad, la urgencia por acabar temarios, la presión constante para sacar mejores notas (no sólo mejores que tus notas anteriores, sino mejores que las del resto de gente, porque al final Selectividad es un proceso competitivo contra todos los demás que quieran estudiar tu misma carrera) y la sucesión infinita de exámenes para ir bien entrenado a Selectividad nublan por completo el incentivar la curiosidad, el profundizar en los contenidos, el estimular las discusiones, el promover la investigación... E incluso el pararse a escuchar a unos alumnos que están viviendo una situación de estrés mantenida en un momento crucial en sus jóvenes vidas. Todo esto lo dije con 17 años. Dieciséis años, casi dos carreras (aún no he terminado Magisterio) y un master después, lo mantengo.
Me considero y siempre me he considerado un buen estudiante. Llevo con orgullo la etiqueta de empollón desde que me la encasquetaron de pequeño. No recuerdo no querer ir al cole (habría que contrastarlo con mis padres, que igual me tengo idealizado a mí mismo). Evidentemente, prefería las vacaciones y los fines de semana, pero para mí no era ningún suplicio asistir a clase y me gustaba estudiar. Y, con todo, no disfruté nada Segundo de Bachillerato, a pesar de que probablemente sea el curso en el que estudias temas más interesantes y complejos, y además sobre asignaturas que en gran medida ya has seleccionado tú mismo. Me parece síntoma suficiente de que algo falla en Segundo de Bachillerato y sinceramente creo que eso que falla es Selectividad.
Con 17 años mi vocabulario técnico no me permitía mucho más que englobar Selectividad dentro de la categoría general de "otros exámenes de mierda como éste". Ahora ya sé que en la jerga educativa Selectividad es un "examen normalizado de alto riesgo", que aunque suena mucho más técnico, viene a ser más o menos lo mismo que yo decía al borde de mi mayoría de edad. Y hoy, leyendo el libro Escuelas Creativas, de Sir Ken Robinson (eh, que es Sir, habrá que prestar atención a lo que diga), me he encontrado con que hay mucha gente que tiene mi misma opinión (gente, al contrario que yo, con autoridad en la materia): los exámenes normalizados de alto riesgo son una lacra.
Entre las citas que recoge el libro, está esta frase de Rhonda Matthews, profesora de quinto curso en Estados Unidos: "Con los exámenes oficiales dejamos por completo de pensar, de comunicarnos y de relacionarnos" (pp. 213-214). Y lo dice una profesora de quinto porque, tristemente, los exámenes estandarizados se están extendiendo a muchos cursos en muchos países, no sólo como una criba para entrar en la universidad, sino para determinar si consigues o no el graduado escolar, si puedes ir a uno u otro centro, o si puedes seguir una línea u otra de estudios secundarios (en España, la CDI -que en Madrid se hace desde 2005- y las famosas "reválidas" de la LOMCE no parecen en principio tan restrictivas -al menos para Primaria-, pero tiempo al tiempo).
Estas pruebas pueden tener su debatible lado positivo, no lo niego (pueden ser pruebas diagnósticas que sirvan para evaluar el sistema en su conjunto, como pretende ser PISA), pero Ken Robinson señala dos problemas importantes de las pautas y la normalización. Uno, ninguna persona es igual a otra, y por tanto en educación, que debería tender a ser lo más personalizada posible, las pautas y los estándares deberían aplicarse con mesura. Y dos, "muchos de los cambios más importantes que las escuelas deberían estar fomentando no pueden normalizarse" (p. 216). Estos dos problemas, sigue explicando Robinson, se manifiestan en el efecto que ha tenido el movimiento de normalización en las escuelas. Por un lado, "en lugar de ser una herramienta que mejore el sistema educativo, los exámenes normalizados se han convertido en una obsesión" (p. 216) (ésa misma que yo percibía en Segundo de Bachillerato y que ahora se está contagiando a edades más tempranas), obsesión que condiciona el trabajo que se hace en el aula y convierte las clases en sesiones de entrenamiento para estos exámenes. Además, "al depender tanto de los exámenes, se crea una presión generalizada por enseñar únicamente las materias en las que los alumnos se examinan, por lo que se presta poca atención al resto de asignaturas" (p. 216). De esta manera, los exámenes normalizados acaban determinando en buena medida el plan de estudios y el método de enseñanza, y además llevan a reducir los distintos métodos de evaluación que usan los profesores.
Por otro lado, remitiendo a Yong Zhao, Robinson explica que el movimiento de normalización escolar tiene repercusiones negativas en los alumnos en dos aspectos interesantes. Por un lado, los exámenes normalizados "hacen hincapié en destrezas que los alumnos de países menos desarrollados pueden vender por mucho menos dinero" (p. 218). O sea, no sirven para preparar a los alumnos para ser competitivos en un mercado global. Por otro, "la importancia que se concede a los exámenes, debido al tiempo que requieren, disminuye las oportunidades de enseñar a los niños a utilizar su creatividad y espíritu emprendedor innato, precisamente las capacidades que pueden protegerlos frente a la imprevisibilidad del futuro" (p. 218). O sea, que preparar los exámenes normalizados tiene un coste de oportunidad respecto a otras habilidades y destrezas que sí merecería la pena trabajar en el aula. A estos males, Robinson suma la tentación de "maquillar" de alguna forma los resultados de estos exámenes, en Estados Unidos, porque la financiación de los colegios depende de ellos; aquí, porque, al hacer públicos los resultados, se crea un ranking de colegios que incita a que los padres elijan unos u otros centros (lo cual, al final, tiene también repercusiones en la financiación). Yo personalmente he visto cómo se animaba a ciertos alumnos a "ponerse malos" el día de la CDI, de forma que sus resultados no bajaran la media del centro. Y Robinson apunta el riesgo de centrase exclusivamente en los alumnos que están muy cerca de poder superar el examen, olvidándose de los que lo aprobarán sin problemas o, lo que es más grave desde mi punto de vista, de los que no tienen posibilidades frente al examen.
Creo que todo esto es cierto para todos los exámenes estandarizados, incluidos los exámenes de Cambridge o Trinity que tanto preocupan últimamente a los colegios bilingües de la Comunidad de Madrid, y que el año pasado tuve la oportunidad de ver en directo cómo condicionaban la metodología de trabajo con chavales de 3º Primaria, llegando a dejar un tanto apartados a algunos de ellos. Pero mi embate inicial era contra Selectividad, porque me parece la quintaesencia de los exámenes normalizados de alto riesgo en España, así que permitidme que vuelva a arremeter contra ella. Me parece que en Estados Unidos el equivalente más parecido a nuestra Selectividad es el SAT (Scholastic Assessment Test), que, tal y como lo define Robinson, "es el principal obstáculo que los alumnos deben salvar para poder cursar estudios superiores" (p. 219). En mi opinión, las críticas que hace nuestro Sir al SAT son perfectamente extrapolables a Selectividad.
Para empezar, "este examen causa tanta inquietud entre los alumnos estadounidenses de secundaria que ha dado origen a una industria que se ocupa de preparar exámenes de práctica y que genera casi mil millones de dólares en ingresos anuales". Vaya, que hay muchos intereses privados en estos exámenes estandarizados y en concreto en Selectividad (no creo que a ninguno nos cueste mucho visualizar la multitud de academias que "te ayudan" con Selectividad). Pero incluso desde estos sectores interesados llegan críticas a este tipo de exámenes. En Escuelas Creativas se citan las palabras de John Katzman, cofundador de The Princeton Review, una de esas instituciones que se dedican a preparar exámenes de práctica: "Estos exámenes no evalúan nada importante. Son, ni más ni menos, una falta total de respeto para los educadores y los alumnos, combinada con una incompetencia total" (p. 220). A continuación, Robinson añade que los estudios dan la razón a Katzman, y asegura que hay "múltiples informes que demuestran que la media global de las calificaciones de secundaria es un indicador mucho más fiable del éxito universitario que la nota del SAT" (p. 220).
Para rematar, Robinson suma las declaraciones de Randi Weingarten, presidenta de la Federación Estadounidense de Profesores: "La política educativa que prioriza los exámenes obliga a los profesores a sacrificar el tiempo que necesitan para enseñar a sus alumnos a analizar contenidos de forma crítica. Tan sólo se centran en enseñarles con el fin de que aprueben" (p. 221). Y este reproche me parece fundamental, porque le aporta un componente quizá un tanto "conspiranoico", pero no por ello menos preocupante: ¿y si el movimiento de normalización de los colegios tiene entre sus objetivos conseguir sociedades más dóciles? Volviendo a Escuelas Creativas, me remito a las palabras de Nikhil Goyal cuando describe la clase en la que estudiaba antes del SAT: "Se notaba que los alumnos estaban muy agobiados; tenían un aspecto enfermizo. Eran básicamente robots, en mi opinión. Se les veía muy sumisos, seguían las instrucciones que se les daba sin rechistar, y carecían de creatividad o de curiosidad" (p. 220).
Alumnos enfermizos, que obedezcan sin protestar y sin curiosidad o creatividad alguna. Eso es lo que fomentan los exámenes normalizados de alto riesgo. Eso es lo que fomenta Selectividad. Eh, y no lo digo yo, lo dice todo un Sir.
